Inspiraciónal

VOLAR O MORIR

El Dr. Carlos Barbieri es un excelente conferencista sobre temas de liderazgo, con más de 30 años de experiencia, autor del libro “Dios no tiene favoritos”, entre otros escritos. Dirige desde el año 1995 el Instituto Bíblico Luis Palau, con 30,000... Read More

«A esta velocidad, apenas levanta la nariz, no le queda otra opción que volar», ─decía mi ocasional compañero de asiento, en aquel Boing777 que dejaba atrás la pista y comenzaba a surcar los cielos. »Al levantar su nariz, el perfil aerodinámico de las alas, se ajusta al ángulo correcto, y logra automáticamente la diferencia de presión que…» ─seguía hablando, sin dudas, de su tema preferido, aunque sin saber que aunque le miraba, mi mente navegaba otras corrientes de aire. Es que allí mismo, y casi sin querer, tomé sus palabras y las llevé al campo del liderazgo, de hecho, mí tema preferido. ¿A cuántos hombres y mujeres de excelentes capacidades de liderazgo había conocido a través de los años? ─Me preguntaba, a la vez que buscaba sus rostros en mi pasado. Muchos, quizás incluso más de los que recuerdo. ¿Y cuántos de ellos terminaron con vidas destruidas en «accidentes» porque se les terminó la pista y jamás «despegaron?»

Más de los que recuerdo, también. «Cuando llega a su velocidad de despegue, si no levanta su nariz, ¿qué pasa?» ─pregunté, «nada» ─dijo, «solo morimos todos los que viajamos en el avión». Y no volvió a hablarme en todo el viaje, como si le hubiese insultado con esa simple pregunta. Es que cuando hemos alcanzado la máxima velocidad en pista, y las luces que marcan el fin del camino se aproximan, las opciones se reducen a solo dos: Volar o Morir. En los caminos del liderazgo empresarial, donde cada día es una batalla por la superación en franca competencia, avanzar sin un objetivo definido es acercarse rápidamente a la derrota. Las metas deben ser claras y definidas, altas, para elevarse con ellas en el momento adecuado, distantes, para que cada hora sea un desafío digno, únicas para apreciar el alcanzarlas. Pero lógicas para no luchar en vano. Hay un tiempo para calcular el peso, la distancia, probar los motores.

También un tiempo para acelerar y recorrer la pista ganando velocidad. Pero de igual manera hay un momento justo para elevarse. Mientras reflexionaba en silencio, aquel Boing777 comenzó a virar, y pude ver que pasaba nuevamente sobre la misma pista desde donde habíamos despegado. Ahora, desde mi ventana podía ver, a lo lejos, que al terminar el camino había un pequeño bosque, luego casas y edificios aparentemente altos. Una muerte segura si el avión no hubiese levantado su nariz, ─pensé, mirando de reojo a mi compañero que ya comenzaba a dormir. Una muerte segura…, como la que le esperaba a Jesús apenas en unas horas, cuando oraba de rodillas en Getsemaní. Pero levantó su nariz, y vio más allá de la cruz el gozo que le esperaba. «…el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios» (Hebreos 12:2). Las metas en la vida del líder cristiano son mucho más claras que las de cualquier líder empresarial, están más altas aun, son más dignas todavía, únicas y 100% alcanzables porque es el mismo Espíritu de Dios quien nos fortalece.

Pero tanto en la vida del Reino, como en cualquier empresa secular, la clave del liderazgo está en alcanzar la velocidad correcta, y levantar la nariz. Para que igual que aquel avión, no quede otra opción que volar. Las librerías están llenas de escritos acerca de cómo un líder debe desplazarse en la pista. Cursos, seminarios y escuelas de capacitación nos enseñan como acelerar «a fondo» y aprovechar la fuerza de nuestros motores para arrastrar, literalmente, nuestro propio peso, el de muchos e incluso toneladas de carga. Pero pocos libros he visto donde alguien aclare que la pista tiene un límite, y que si no levantas la nariz al cielo, te estrellas estrepitosamente. Si como líder cristiano tienes otra meta que no es Jesucristo, y tus ojos están puestos en otro objetivo, podrás acelerar y recorrer exitosamente la pista que tienes por delante, incluso a la velocidad correcta. Otros te verán pasar y aplaudirán tu paso, tus motores podrán sonar como «violines», incluso algunas avionetas te envidiarán, pero si cuando estés ya sobre la última línea blanca de la pista, no levantas tu nariz al cielo, esos árboles, casas y edificios que definitivamente estarán allí para evitar que sigas, y que pudieran ser «cosas» insignificantes desde la altura, te destruirán sin piedad, y a todos los que estén contigo, y sus cargas. Porque el líder nunca viaja solo.

Somos responsables, desde el momento en que decidimos pisar el aeropuerto del ministerio, de nosotros mismos, de quienes nos aborden, de nuestras cargas, y de las de cada uno de los que viajen a nuestro lado, de nuestras familias y de las suyas. Debemos calcular cuidadosamente el peso, el combustible y otras variantes, acelerar sin miedo, porque fuimos regenerados para elevarnos, recorrer la pista con garbo, sin preocuparnos de los motores que sin dudas rugirán por la fuerza de la causa de nuestro Dios, pero levantar la nariz al cielo y mirar a Cristo, es nuestra responsabilidad. Volar es una consecuencia. «Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Colosenses 3:1). Sea Él nuestra meta.